Colima tras colinas tras colinas
de verde primavera en pleno otoño
lugar donde los inviernos han sido derretidos por el gesto eternamente
cálido de las gentes.
Colimas sobre las que llora el dios de la lluvia cuando todos se esconden
en sus nichos y se dejan arrullar por el murmullo de las aguas.
Colima en su gesto eternamente inclinado hacia el pacífico impacificado
que se burla de su nombre como exponente máximo de que aquí las palabras han
perdido su sentido,
desgastadas como el empedrado por el ciclo continuo de aguas,
o han tomado otros recovecos de significados arcaicos inseridos en el
reverso de las pieles, que las gentes atraviesan pero no saben explicar
Colima acolimada, lacónica de gritos fuertes y de golpes directos, experta
en dañar en el reverso con la sutileza del alacrán que aguarda bajo las piedras
para liberar en un gesto la tensión acumulada de la espera.
Colima colocando una capa ajena de normalidad uniforme sobre superficies
claramente desniveladas, rehuyendo la mirada de las pulsiones más auténticas
para reverenciar esa normalización progresiva que invade sus vidas como el
veneno del alacrán,
sin notarlo hasta que es demasiado tarde para escupirlo.
Colima y sus gentes fascinantes con cuyas cicatrices se puede cartografiar el
México profundo
Pie con pie y cargas arrojadas a sus espaldas como alcuzas que arrastrar por
las calles
Doblando esquina tras esquinas para encontrar su propia espalda entre
cientos de espaldas ajenas
Caminando aún así entre flores secas y renaciendo del lodo como fénix
malogrado, su forma de romper esquemas es simplemente vivir brillando a baja
intensidad, como si la sombra proyectada por la mirada ajena eclipsase su
energía, las ganas de hablar de su dolor y hacer de la condena propia un grito
de rabia colectivo.
Las miradas aquí son tan intensas que te arrojan a la conciencia de ti
mismo,
y como te dan la vida te la quitan, te colocan y sojuzgan, te objetivan y
te llaman, y tienen el poder de convocar desde las pupilas al dios de la lluvia y
enviarlo a tronar sobre aquellos que se rebelaron a los dioses
naturalizados y, haciendo o existiendo, se revelaron también a sí mismos como
los otros, los extraños, los invisibles en forma y demasiado visibles en movimiento.
Las condenan a no ser más que el gemido gutural de su propia sombra, con
pleno derecho a vagar por las calles, a ser héroes anónimos y a desenvolverse
tras la marca indeleble en su plexo solar que en su peso deja figuras
encorvadas como interrogantes de sí mismos desprendiendo en su gesto preguntas
al aire cuya respuesta intuyen y niegan las miradas ajenas.
Invisible, te estamos vigilando.
no ser más que el gemido gutural de su propia sombra
ResponderEliminarqué ganas de recorrer, me gusta