martes, 2 de septiembre de 2014

Colima de colinas

Colima tras colinas tras colinas
de verde primavera en pleno otoño
lugar donde los inviernos han sido derretidos por el gesto eternamente cálido de las gentes.
Colimas sobre las que llora el dios de la lluvia cuando todos se esconden en sus nichos y se dejan arrullar por el murmullo de las aguas.
Colima en su gesto eternamente inclinado hacia el pacífico impacificado que se burla de su nombre como exponente máximo de que aquí las palabras han perdido su sentido,
desgastadas como el empedrado por el ciclo continuo de aguas,
o han tomado otros recovecos de significados arcaicos inseridos en el reverso de las pieles, que las gentes atraviesan pero no saben explicar
Colima acolimada, lacónica de gritos fuertes y de golpes directos, experta en dañar en el reverso con la sutileza del alacrán que aguarda bajo las piedras para liberar en un gesto la tensión acumulada de la espera.
Colima colocando una capa ajena de normalidad uniforme sobre superficies claramente desniveladas, rehuyendo la mirada de las pulsiones más auténticas para reverenciar esa normalización progresiva que invade sus vidas como el veneno del alacrán,
sin notarlo hasta que es demasiado tarde para escupirlo.

Colima y sus gentes fascinantes con cuyas cicatrices se puede cartografiar el México profundo
Pie con pie y cargas arrojadas a sus espaldas como alcuzas que arrastrar por las calles
Doblando esquina tras esquinas para encontrar su propia espalda entre cientos de espaldas ajenas

Caminando aún así entre flores secas y renaciendo del lodo como fénix malogrado, su forma de romper esquemas es simplemente vivir brillando a baja intensidad, como si la sombra proyectada por la mirada ajena eclipsase su energía, las ganas de hablar de su dolor y hacer de la condena propia un grito de rabia colectivo.

Las miradas aquí son tan intensas que te arrojan a la conciencia de ti mismo,
y como te dan la vida te la quitan, te colocan y sojuzgan, te objetivan y te llaman, y tienen el poder de convocar desde las pupilas al dios de la lluvia y enviarlo a tronar sobre aquellos que se rebelaron a los dioses naturalizados y, haciendo o existiendo, se revelaron también a sí mismos como los otros, los extraños, los invisibles en forma y demasiado visibles en movimiento.
Las condenan a no ser más que el gemido gutural de su propia sombra, con pleno derecho a vagar por las calles, a ser héroes anónimos y a desenvolverse tras la marca indeleble en su plexo solar que en su peso deja figuras encorvadas como interrogantes de sí mismos desprendiendo en su gesto preguntas al aire cuya respuesta intuyen y niegan las miradas ajenas.
Invisible, te estamos vigilando.